
Manhattan. Septiembre, 22, 1989.
Se respira el otoño. Y no solo en el ambiente ni en los cientos de hojas que llenan los senderos de Central Park por los que suelo correr cada mañana durante una hora. No. Esta vez el otoño es algo más profundo. Mi mente recurre una y otra vez a tu imagen, a los momentos que hemos compartido a lo largo de un verano que para mí, ya ha tocado a su fin. Trato de cazar alguna de las pequeñas mariposas que siempre han revoloteado en mi interior en todas las ocasiones en las que algo de ti ha invadido mi vida. Pero parecen haber emigrado tal vez a otros cuerpos, a otras almas donde puedan tener una vida más intensa que la que les espera a partir de ahora a mi lado.
Mis labios se separan lentamente. Intento pronunciar tu nombre en un vano intento de retenerte, como si dejando escapar cada una de las sílabas tu presencia fuera capaz de volverlo a llenar todo. Sé que es inútil y, sin embargo, ya estoy escuchando el sonido de mi voz llenando la estancia. Sé que el tono es el adecuado pero soy incapaz de escucharlo porque otro nombre, esta vez desconocido, estalla en mi cerebro: "Iris... Iris... Iris...".
Nuevas esencias me embriagan. Cierro los ojos e intento abandonarme a ellas. Ya casi puedo percibir el calor de tu lengua deslizándose sobre mi nuca. Estoy a punto de conocer cómo es el tacto de tu piel bajo mis manos cuando, lo que todavía es presente, llama a mi puerta.
"Tengo que acabar con esto", me digo mientras me dirijo a recibir un presente que es pasado cuando en mi interior ya ha nacido otra realidad que puede ser futuro...