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21 abril 2007

Obsesión



Salgo a la calle y la fría brisa de la madrugada me devuelve a la realidad. Sí. Esa que no he vivido todo el tiempo que he permanecido a tu lado. Empiezo a recordar cómo era mi vida antes de que aparecieras en ella. Ese apacible camino en el que no necesitaba tocarte a cada instante, en el que mis manos no ansiaban cada segundo el contacto con tu piel y en el que mi lengua no era adicta al sabor de tu sexo.
Siento un ligero temblor en las piernas y sé que no podré dar un paso más sin caerme. Así es que apoyo la espalda en el lateral de una cabina de teléfono mientras trato de recuperar el aliento y la calma. Enciendo un cigarro y observo cómo las manos temblorosas apenas atinan con el mechero. Mientras la nicotina entra en mi boca cierro los ojos y mi mente me devuelve a ese tiempo en el que tú no existías. A aquellos paseos en soledad por la playa, a aquellas tardes de domingo en las que las risas de mis amigos llenaban el salón de casa, a aquellas madrugadas en las que devoraba libro tras libro o en las que creaba historia tras historia.
Las imágenes del presente pasan ahora ante mis ojos. Sexo, piel, sudor, intensidad, frío, calor, deseo, pasión, delirio, obsesión. No soy capaz de soportar esta montaña rusa de sensaciones durante más tiempo. Necesito la dosis adecuada de cada ingrediente. Una equilibrio perfecto entre lo que tenía antes y lo que experimento ahora. La idea de poner punto y planea en el ambiente. Sí, tal vez lo más coherente sería regresar a aquella vida de orden y pequeños detalles.
Aunque todavía permanezco apoyada en la pared de la misma cabina telefónica mis dedos buscan ansiosos el teléfono móvil en el interior del bolso. Una vez que lo encuentran lo colocan ante mis ojos. Intento marcar el número que me lleve a escuchar tu voz y, sin embargo es tu cuerpo sudoroso, perfecto y entregado el que se manifiesta y me enloquece. Dejo caer el teléfono en el bolsillo del abrigo. Necesito aire, necesito pensar. En este momento necesito una huida hacia adelante. Me ajusto el abrigo al cuello. Empiezo a andar y en la noche solo se escucha el sonido intenso de mis tacones mientras que me pierdo por las calles de la ciudad.