
Existe una cuerda que aprisiona mi cuerpo. Una gruesa espesura está marcando mi piel en lugares a los que mis ojos puedan acudir en cualquier momento para seguir recordando que te pertenezco. Permanezco inmóvil tratando de adivinar cuál será tu próximo movimiento. Solo me has dejado el placer de la escucha porque mis ojos están vendados permitiéndome así gozar de la intensa sensación de no poder ver lo que sucede a mi alrededor y tener que acudir así a mi morbosa imaginación. Escucho tus pasos, el roce de las escasas prendas de ropa que llevas deslizándose sobre tu piel. Imagino dónde estarán tus manos. Qué parte exacta de mi cuerpo estarás mirando. Y entonces te delatas. Noto una ligera presión sobre mi sexo. Una aspereza no del todo desconocida. Mi mente trabaja a un ritmo frenético para averiguar qué está sucediendo. Tras unos segundos la imagen se dibuja en la oscuridad. Esa misma cuerda con la que tratas de dominarme está ahora penetrando los labios de mi sexo acomodándose en ese punto exacto que sabes que me llevará al placer absoluto. Aprieto los muslos tanto como puedo y dejo que sea mi cuerpo el que marque el ritmo que desea. Te escucho a lo lejos. Trato de entenderte pero cada vez estoy más alejada del mundo cotidiano para desbordarme en el universo de los sentidos.




