25 agosto 2006

El placer de lo desconocido

Hablamos durante horas sobre aquello que deseamos, sobre esas fantasías que inundan nuestra mente y que no tenemos la certeza de ser capaces de hacerlas realidad. Las madrugadas son demasiado cortas para dar rienda suelta a nuestro deseo hasta este momento solo expresado con palabras. Sin embargo hoy es todo distinto. Estoy frente a ti y hace rato que intento descifrar ese brillo en tu mirada. Mi corazón entiende pero mi mente se niega a aceptar sin discusión alguna el mensaje tan evidente que expresan tus ojos. Paseas con ternura tu mano por mi nuca e intento ocultar la reacción de mi piel y este cambio brusco en mi respiración. Tus dedos presionan levemente mi cuello. Sé lo que deseas pero hoy estoy más rebelde de lo habitual así es que decido no agachar la cabeza y aguantarte la mirada.
Te alejas de mi lado unos instantes y cuando regresas compruebo que tu mano sostiene esa seda de la que tanto hemos hablado y que, aunque no te lo haya dicho, forma parte de mis sueños más intensos. Cierro los ojos y el contacto con esta delicada venda logra que se erice toda mi piel y que cada vez se me haga más complicado controlar el aire que entra y sale de mi cuerpo.
Te alejas de nuevo y sólo gozo del privielgio de escuchar tus movimientos alrededor de la cama. Sólo soy capaz de identificar uno que se asemeja al sonido de la cremallera de una bolsa de viaje pero, tampoco estoy demasiado segura de esto. La calidez de tu aliento junto a mi oido me sorprende y accedo a tu petición sin cuestionarme nada. Puedo notar el peso de mi cuerpo sobre las rodillas y cómo la superficie sobre la que me encuentro me dificulta la labor de mantenerme erguida. Aún así, me esfuerzo por conseguirlo.
Paseas por la habitación. A juzgar por tus movimientos creo que estás ordenando "algo" pero no tengo la más mínima idea de lo que puede ser. Mi cerebro lucha por ofercerme una imagen coherente de lo que está sucediendo pero ninguna de las escenas que me presenta considero que se aproxime a lo que está sucediendo aquí. Siento tu mano deslizándose por mi espalda. Recorre mi cintura. Acaricia mis nalgas. Se interna en mi sexo.
- Estás sudando. Tu respiración se entrecorta y estás completamente húmeda. No tienes ni idea de lo que ocurre a tu alrededor. Es más. No sabes qué es lo que va a suceder a continuación y, sin embargo, ya lo estás disfrutando.
Tu voz me devuelve a la realidad y compruebo cómo cada una de las reacciones relacionadas con mi cuerpo son ciertas. Intento controlarlas pero ya es tarde. El deseo de ir más allá, la necesidad de conocer cuál será tu próximo movimiento me domina por completo.
Sí. Estoy desnuda, de rodillas, con los ojos vendados. Sudo, jadeo, me excito y en este momento sólo existo para descubrir qué tienes reservado para mí durante los próximos minutos...